Por PATRICIA LUNA,  Santiago de Chile
Exámenes de personalidad, sueldo y deudas de los padres e informes médicos son algunos de los requisitos que la hija de Caty Morales tuvo que cumplir para matricularse en una escuela subvencionada por el Estado chileno, práctica que el gobierno quiere erradicar.

“En la mayoría de los colegios piden un examen de admisión; según el prestigio del colegio, piden más requisitos”, explica a la AFP Morales, cuya hija, Evaní, pasó una prueba de la escuela subvencionada Acrópolis de Santiago hace dos años.

 

Los exámenes, que su hija realizó cuando tenía 6 años, fueron de castellano, lenguaje y matemáticas. Para poder pasar al nivel siguiente del proceso de selección, tienen que aprobar entre un 60 y 70% de la prueba.

“Los niños se sienten presionados. En uno de ellos Evaní no pudo dar la prueba, se puso muy nerviosa y no quiso entrar, quería que la acompañáramos”, explica.

Le sigue una entrevista con un psicopedagogo, que hace el informe de personalidad. Además, hay que rellenar fichas sobre la situación familiar de los padres.

“En algunos colegios piden el sueldo, con quién viven los niños, quiénes trabajan, cuáles son los sueldos aproximados, piden los RUTs (identificación fiscal) y nombres de las empresas” donde trabajan, explica Morales, de 31 años.

Las escuelas subvencionadas reciben un 52% de los alumnos chilenos, y se financian con aportes del Estado y copago de las familias. El proyecto de ley lanzado por el gobierno de Michelle Bachelet este lunes pretende poner fin a la selección y al copago de las familias.

A Caty también le preguntaron “si la casa es de alquiler o propia, cuántos baños, cuántos dormitorios tiene…”, agrega.

“Si los papás ganan el sueldo mínimo (380 dólares) por los general los niños no quedan. Cada persona que trabaja en casa tiene que ganar unos 400.000 pesos (725 dólares) para que los niños sean aceptados y ellos garantizarse el cobro”, explica la madre.

Caty Morales trabaja como comercial de ventas por teléfono. El año pasado perdió su empleo, y se vio obligada a retirar a la niña del colegio. En esos casos, la última opción es la educación pública, donde estudia ahora Evaní.

“La educación no ha sido mala, pero el ambiente es complicado, no hay ningún tipo de filtro, hay muchos niños en riesgo social, repitientes, con problemas”, explica Caty.

“A ella le he dicho que tenga un buen empeño para que pueda presentarse al año que viene en otro colegio (subvencionado) y dar una buena prueba”, concluye.

En los colegios privados, que reciben un 10% del alumnado chileno, las exigencias se multiplican aún más: cartas de recomendación, hábitos de sueño y alimentarios del niño, parroquias que frecuentan…

“Era completamente ignorante de lo que significaba el proceso y la exigencia a la que realmente están sometidos los niños”, explica a la AFP Claudia Pino, cuyo hijo de 3 años pasó por dos pruebas.

“No te explican cómo los evalúan, pero te entregan el resultado si lo pides. Había una sola prueba que no le fue bien a mi hijo, la madurez, que la evaluaban con el dibujo de la figura humana”.

“Si yo hubiera sabido cómo eran las pruebas, quizá lo hubiera preparado”, reconoce, con frustración.

En muchos casos puede ocurrir lo más temido: ser rechazado por varios colegios y perder el plazo para hacer la solicitud en otros, como le sucedió a Pino.

© Este artículo fue publicado por AFP y reproducido por Terra Argentina. El contenido pertenece a AFP y no puede ser reproducido sin su autorización. 

© AFP – Todos los derechos reservados. Está prohibido todo tipo de reproducción sin autorización.