El país que albergó la cumbre Rio+20 reúne en sí mismo todas las contradicciones a las que se enfrenta el desarrollo sostenible. Brasil, la sexta economía del mundo y una de las mayores potencias medioambientales globales, afronta el reto de potenciar su progreso económico respetando sus valiosos, pero no inagotables, recursos naturales.

La cumbre de desarrollo sostenible Rio+20, que reunió a casi un centenar de líderes mundiales, cumplió la profecía de su propio fracaso. “En Río no se ha conseguido nada que cubra las expectativas creadas en relación con el cambio climático”, declaraba a SINC Jim Skea, vicepresidente del grupo de trabajo III del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático y uno de los primeros –y selectos– miembros del Comité del Cambio Climático del Reino Unido.

El proceso acordado en Durban el año pasado debería llevar, de forma lenta, a un nuevo acuerdo en 2015 para ser puesto en marcha en 2020. “Las perspectivas de mantener el aumento de la temperaturas global por debajo de los dos grados, como se acordó en Copenhague en 2009, son ahora mismo remotas –explica Skea–. Los faros de esperanza son estados como México, Alemania, Gran Bretaña, Australia y California, que han adoptado sus propias legislaciones climáticas y muestran lo que se puede conseguir”.

Potenciar una economía verde a través de un desarrollo sostenible que luche contra la desigualdad sin menoscabar el progreso económico no es un objetivo fácil. El mejor ejemplo es el país anfitrión del evento, que trataba de repetir el éxito logrado hace 20 años en la Cumbre de la Tierra de Rio de Janeiro.

Brasil, que hace apenas seis meses sobrepasó a Gran Bretaña como la sexta economía del mundo, se enfrenta a un dilema constante. Por un lado, tiene el reto de convertirse en una gran potencia medioambiental gracias a la biodiversidad de su inmenso territorio, poseedor del 30% de los bosques del planeta y numerosos recursos naturales. Por otro lado, el país está experimentando un desarrollo económico que lo convierte en uno de los grandes poderes emergentes capaces de tambalear, junto a China e India, el orden del mundo.

Líder en renovables

Según datos del gobierno brasileño, Brasil es el país de América del Sur con la mayor diversidad de flora y aves, y el que abriga el mayor número de primates, animales vertebrados y anfibios de la Tierra. Además constituye una potencia en el uso de las energías renovables. En Brasil, según afirmó la presidenta Dilma Rousseff en su discurso de apertura de la cumbre, el 45% de la energía utilizada proviene de fuentes renovables. Principalmente las hidroeléctricas, el etanol para los automóviles y el uso del carbón vegetal en la siderurgia constituyen la base de este porcentaje.

El 45% de la energía utilizada en Brasil proviene de fuentes renovables

Todos estos factores sitúan a Brasil en una posición privilegiada en cuanto a la disposición de recursos, pero su gestión no resulta fácil bajo la presión del desarrollo económico. Poco antes del comienzo de la cumbre el gigante iberoamericano vivía varios conflictos en materia ambiental.

Si por un lado se ha logrado reducir radicalmente en los últimos años la deforestación de la selva amazónica y potenciado las renovables, del otro, el país no duda en impulsar para desarrollarse masivos proyectos de infraestructura, que incluyen hidroeléctricas y carreteras en la Amazonia.

Según un comentario publicado en la revista Nature por Fabio Scarano, André Guimaraes y José Maria da Silva, de la organización Conservation International, el gobierno brasileño ha permitido en los últimos años la creación de nuevas plantas hidroeléctricas en zonas vírgenes del Amazonas a costa de causar daños al medioambiente y las poblaciones indígenas, alegando la creciente necesidad energética del país. De esta forma se ha acelerado la construcción de las presas del Santo Antonio y Jirau en el río Madeira en 2009 y la de Belo Monte en el río Xingu en 2011.

Además, según el artículo, en enero de 2012 el gobierno decidió reducir la extensión de ocho áreas protegidas de la región de Tapajos para construir más presas.

Estos datos son corroborados por Philip M. Fearnside, profesor del Instituto Nacional para Investigación del Amazonas (INPA) en Manaus, que afirma que los planes de expansión energética de Brasil entre 2011 y 2020 contemplan la construcción de 48 presas adicionales, 30 de ellas en el Amazonas.

“Construir 30 presas en 10 años significa una media de una presa cada cuatro meses en el Amazonas hasta 2020. Por supuesto el reloj no se para en 2020, y el número total de presas planeadas en el Amazonas brasileño supera las 60”, explica Fearnside en un artículo para el Global Water Forum.

Los planes de expansión energética contemplan la construcción de 48 presas

“Brasil es un gran país que saca su energía de grandes hidroeléctricas y de biocombustibles. Si al mirar hacia atrás hace varias décadas, en la época en que se comenzó la construcción de grandes presas, estas tenían sentido, en el período actual nos encontramos repitiendo un modelo sin tener en cuenta otras opciones, como la energía del sol, el viento y el mar”, afirma a SINC Carlos Joly, profesor e investigador de la universidad de Campinas (Unicamp y asesor de Programas de Investigación y Ministerio de Desarrollo Ciencia, Tecnología e Innovación de Brasil. “No hemos cambiado ni nos hemos movido, mantenemos gigantescas construcciones que tienen un gran impacto en el medioambiente en lugar de considerar otras vías”, continúa.

Una de esas grandes construcciones es la presa de Belo Monte, un proyecto polémico que ha estado a punto de ser paralizado en numerosas ocasiones. Los planes originarios datan de la época de la dictadura en los años ‘70, fueron retomados en los ‘90 y, tras largas discusiones y una gran oposición internacional y nacional, encabezada por personajes como Sting y James Cameron, parece que va a salir adelante.

La presa que cambiará el paisaje

La represa sería, de materializarse, la tercera en tamaño del mundo, con una capacidad instalada de 11.200 megavatios –el 11% de la capacidad instalada en el país–, por detrás de la presa de las Tres Gargantas en China y de la de Itaipú en la frontera entre Paraguay y Brasil. Los trabajos de la obra colosal ya marchan a toda máquina, lo que cambiará la vida de la comunidad indígena del río Xingú, formada por unos 2.000 personas.

Según datos de la ONG Amazon Watch, para llevar a cabo las obras de Belo Monte, el 80% del curso del río Xingú será desviado de su cauce original, lo que podrá causar una sequía permanente en varias áreas y afectará directamente a los territorios de Paquiçamba y Arara y a los pueblos indígenas de Juruna y Arara. Según esta organización, se excavarán dos grandes canales de 500 metros de ancho y 75 km de largo, se moverá más tierra de la que fue necesario eliminar para construir el Canal de Panamá, y los dos depósitos de agua y canales de la presa inundarán un total de 668 km2, 400 de los cuales son bosque. La inundación forzará la evacuación de 20.000 personas de sus hogares. Además se espera que la presa atraiga a unas 100.000 personas al área donde se construye, modificando la zona y el ecosistema donde se ubica.

“Desgraciadamente muchas de las renovables actuales se basan en la fuerza de las hidroeléctricas. En los últimos 100 años, los gobiernos brasileños han creído que la mejor forma de solucionar el problema energético son las grandes obras”, afirma a SINC Ricardo Baitelo, coordinador de campañas de Clima y Energía de Greenpeace en Brasil.

No menos importante ha sido la gran batalla política que ha librado Brasil en meses recientes y que afecta al Código Forestal, que regula la deforestación del pulmón del mundo, el Amazonas.

Los cambios en el Código Forestal habrían supuesto una grave amenaza para el Amazonas

Aunque en los últimos años Brasil ha reducido sensiblemente la deforestación, que alcanzó en 2011 una cifra récord a la baja  (de 2004 a 2009 la reducción acumulada fue de un 53%, según el balance del gobierno), la introducción de los cambios propuestos inicialmente en el Código Forestal por parte del Congreso hubiera supuesto una grave amenaza para importantes áreas del Amazonas, estimada según el instituto gubernamental para la Investigación en Economía Aplicada en la destrucción de 47 millones de hectáreas de ecosistemas naturales en los años venideros. Los ambientalistas lograron reunir casi dos millones de firmas para detener el proyecto.

Ni líder ni villano

Aunque la presidenta Rousseff vetó algunos de los puntos más polémicos, la decisión firme no ha sido alcanzada aún. “El voto del Gobierno en los cambios del Código Forestal arroja una sombra oscura a la reputación de Brasil como líder global en la lucha contra la deforestación y el cambio climático”, expresa Paulo Adario, director de la campaña de Amazonia en Greenpeace Brasil.

Fernando Gabeira, líder del Partido Verde de Brasil, afirmó en declaraciones a la agencia ANSA que su país fue elegido como sede porque desempeña un papel “de peso” en la agenda ambientalista global pero que en el plano interno “aún tiene una política ambiental repleta de promesas incumplidas”.

“Brasil ya no es el villano de la película como lo era años atrás por nuestros problemas en la Amazonia, que siguen siendo serios pero menos graves, ni es tampoco el héroe de la película, porque somos muy contradictorios. Queremos ser un ejemplo ecológico global y no cumplimos nuestros deberes de casa”, afirmaba Gabeira.

El diario The New York Times apuntaba esas contradicciones al señalar que los vasos hechos con materiales biodegradables, los sistemas de aire acondicionado eficientes, las furgonetas propulsadas por etanol para transportar a los que participaron en la cumbre y la red ultra rápida de WiFi para evitar el imprimir documentos en la sede de la Rio+20 estaban patrocinadas por las grandes compañías petroleras y eléctricas brasileñas.